
Las tres de la tarde. Ese amodorramiento que comienza a entrar en el cuerpo y la mente del ser humano por los ojos. Se cierran poco a poco. Las extremidades se vuelven pesadas y caen torpemente a lo largo del cuerpo. Es el momento de decir (yo lo he hecho hoy): me tumbo quince minutos y luego sigo. Te sientas en el sofá. Aunque piensas: bueno, igual en la cama descanso mejor y puedo continuar con mayor agilidad luego. No pones despertador porque no es por la noche. Los ojos por fin se apagan y el organismo se queda en reposo. Abro los ojos. Silencio. Dónde estoy. Es fin de semana? Tengo que ir a trabajar? No recuerdo bien. Ah, sí, me había echado quince minutitos. Miro el reloj, ¡¡¡las seis de la tarde!!! Esto no es posible. Pero lo es, y he perdido dos horas y media de trabajo. Bueno, aunque seguro que mis arruguitas en la vejez me lo agradecerán.
Me encanta echarme la siesta...
Os dejo con una pintura de Picasso, del mismo nombre. Evocadora, ¿verdad?
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envidia -